| Free Counter |
Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2009.

Quiero dedicar unas líneas a hacer una comparación deliciosa entre dos personajes adorables. Por un lado, un personaje de ficción, de la serie “Plutón BRB Nero” (RTVE, 2008) el alienígena Roswell. Por el otro, un personaje que conoce cualquier prosegurata acostumbrado a hacer turnos de noche, el inspector por excelencia: Don Pillón. El parecido entre personaje ficticio y personajillo real resulta sorprendente, en tanto en cuanto ambos quedan ante el agudo observador como entidades que viven de su propio odio.
Roswell (genialmente interpretado por Enrique Villén) es un alienígena desagradable, verde y pequeño, tal y como se le describe en la web de la serie de Álex de la Iglesia. Aterrizó (es un decir) en un pueblucho de Nuevo Méjico dando lugar a la historia no confirmada más sonada que jamás se haya oído. Conspiraciones para ocultar la verdad a la opinión pública, humillantes experimentos a manos de generaciones de científicos aburridos, bases del tamaño de Asturias ocultas en mitad del desierto; Sólo Dios y Fox Mulder saben cuánto material ha dado el bichito a los conspiranoicos del mundo para que justifiquen su existencia y su mal olor corporal.



Roswell es un organismo perfecto, que perdurará por los siglos de los siglos sin necesidad de ningún elemento externo para su supervivencia. Respira carbono, y se alimenta de un fluido parecido a la bilis que supura por sus poros. Como dijo la esposa del Capitán Valladares a su marido: “Es como tu madre, si fuese feliz un día se moriría”. Queden para la posteridad las frases más gloriosas de tan brillante personaje:
Sois una raza decadente y caduca que no tiene sentido en el plan de la creación.Sois como un chiste, una broma de mal gusto, un garabato en un cuaderno infantil,un insecto aplastado en el parabrisas de un coche, un escupitajo...¡Sois como un petit-souisse aplastado en el patio de un colegio!
¡La Quinta sinfonía de Beethoven es música de hospital!
¡La Capilla Sixtina, una sauna de ’chuloputas’!
¿Quién es (o era hasta hace poco) el más viejo del lugar? ¿El vigilante senior por excelencia? El típico vigilante gruñón, vago, y primero en señalar defectos (reales a veces pero generalmente ficticios) en todos los demás? Tengo un compañero clavadito al abuelo Abe Simpson, principalmente por su capacidad inigualable de dormirse incluso cuando está de pie. De inventarse defectos en tu físico o tu quehacer diario, de creérselos, y encima de echártelos en cara, por no hablar de divulgarlos a los cuatro vientos. La pesadilla de un gabinete de comunicación, el objeto de deseo de cualquier confidencial online. ¿Y a qué viene hablar ahora de este mal llamado compañero? Pues a que fue la última víctima conocida de un siniestro inspector conocido como Don Pillón.
Estaba el simpático compañero descansando la vista (lo cual no sería un problema si no fuese porque encima ronca) cuando unos deditos regordetes tocaron el cristal de la puerta. Eso es lo que Don Pillón denomina “llamar con contundencia”. Visto que mi compañero se resistía a dejar los brazos de Morfeo (y su concierto de apnea en Mi bemol) se vio obligado a llamar al estremecedor timbre.

Hubo que desincrustar al abuelo Simpson del techo.
De nada sirvió explicar a Don Pillón que la seguridad privada trabaja “de puertas para adentro”, de nada que el abuelo llevaba catorce noches seguidas, con su niña enferma, una obra en su vivienda y un taller de coches con huelga a la japonesa junto a su ventana. De nada sirvió preguntarle si estaba seguro de haberle visto durmiendo.
Si el objetivo de un inspector de seguridad privada es pillar en un renuncio a vigilantes y auxiliares, cabe decir que (entonces y sólo entonces) Don Pillón es el mejor inspector con que cuenta la empresa. Otra cosa es qué tal fuese como vigilante, en tanto en cuanto, no es normal que conozca tantos trucos para escaquearse del trabajo.



Tan rígido como un cadáver congelado hace años, merecería llevar por apellido “Inflexiblez”. Don Pillón no deja pasar una y da parte a la empresa a la mejor ocasión (por no mencionar sus avisos al coordinador de turno a la hora que sea...) Probablemente lleno de odio, un inspector como éste (de los que disfrutan con su trabajo) no necesita de ningún agente externo para su supervivencia, dado que es probable que, como el alienígena Roswell, se alimente de su propia bilis. Tanto es así, que ha provocado un cambio en las comunicaciones por radio dentro de la empresa. Cada vez que se ve pasar un coche oficial de la compañía durante el turno de noche, se escucha por el canal acordado la palabra clave que avisa de la inspección: “RATA”.
Este creyente en el lema de los inspectores de seguridad privada “Prefiero echar un tío a la calle antes que ir a su entierro y consolar a su familia” disfruta sin duda con su trabajo. De él se dice que rellena más de cien partes disciplinarios al mes, todos ellos con sanción. Que una vez mató a un vigilante de un susto (al parecer era sonámbulo y le despertó bruscamente) y que, cuando termina su turno de noche, sobre las siete de la mañana, se da sin falta un festín a base de bebés inmigrantes vivos regado con sangre de doncella.
Parece mentira que temamos tanto a un retaco enano, calvo y gordinflón (como Roswell), teniendo en cuenta que yo, personalmente, he podido ver a un inspector de otra empresa tan grande como un armario empotrado con las puertas abiertas. Eso sí que acojona. Imaginad la voz del mastodóntico inspector haciendo vibrar los cristales mientras su voz gutural afirma: VOY A METERTE UN PARTE, HO-HO-HO-HO.


Evidentemente hablamos de un personaje que, como Roswell, vive de su propio odio. Para hincar la rodilla en tierra, si hablamos de su dedicación (aunque sea una dedicación a joder al personal) aunque, como a Roswell, sólo hay que descongelar a Don Pillón en caso de emergencia. Y a veces ni eso.
Sólo una vez vi su punto flaco. Estaba de turno con mi buen amigo Fauno y un jefe de edificio, con el que se llevaba muy bien apareció para pasar la noche con nosotros. A todo esto, Don Pillón hizo su aparición pecando de falta de cautela. Rebosante de cólera empezó a gritar que qué era aquello, que por qué dejábamos entrara cualquiera en la instalación y que por qué estábamos desatendiendo nuestras funciones viendo vídeos en un ordenador portátil. Las venas de su frente parecían explotar cuando nuestro amigo se levantó y se identificó como personal del cliente. Los poros de Don Pillón absorbieron de pronto toda la bilis que había supurado.
Tratando de calmar la situación, el jefe de edificio se acercó al inspector y le contó que estaba pasando por una mala racha. Estaba en trámites de divorcio y había decidido visitar a los chicos de seguridad. Conmovido, el super-inspector nos abrazó a los tres, rompió a llorar y gritó:

“¡LE COMPRENDO! ¡YO TAMBIÉN LO PASÉ MAL!”

Estoy sentado escuchando historias. Narraciones de auto-bombo en las que desconocidos que dicen vestir el mismo uniforme que yo le cuentan al señor psicólogo de la empresa lo maravillosa que es su vida desde que entraron en la compañía. Gente cuya vida mejoró al dejar el Ejército o la Guardia Civil por la seguridad privada. Mujeres emprendedoras del año según no sé qué revista. Súper abogados que compaginan su incansable labor jurídica con el segurateo. Sí, hermano, escucho historias. Muchas historias. Y cuando yo cuento la mía nadie me cree. Les parece imposible que no me guste este trabajo. Y les parece más imposible que diga que no me gusta delante de un psicólogo de la empresa.
Estoy en un curso de reciclaje. De esos de rellenar las dichosas veinte horas anuales. De mis preferidos. Tema psicológico. Vamos a ver con qué clase de pirados trabajo. Vamos a ver lo pirado que estoy. Y al final, terapia de grupo. Autoayuda colectiva y unas cañas a modo de tercer tiempo. Tremendo pasatiempo.
El señor psicólogo nos pone unas diapositivas, rollo Blade Runner audiovisual. Imágenes con doble sentido. Ahora es una chica joven, ahora es una anciana. Ahora son dos personas cara a cara, ahora es un jarrón. Los puntitos que están en las intersecciones de los cuadrados negros cambian de color, ahora blanco, ahora negro, ahora gris para que no se peleen. Puedo ver a la Gioconda entre esas rayas, El tipo de barba y gafas tiene una mujer frondosamente desnuda en la cara, pero como me pregunte qué recuerdos me vienen a la memoria acerca de mi madre juro que me levantaré y le romperé el cuello al psicólogo. Yo, Nexus 6, vigilante de seguridad.


- Ahora dime qué ves aquí, Golfo
- Veo un pato macho.
- Muy gracioso
El señor psicólogo no le ve la gracia a mi chiste. En función de cómo se mire, la imagen muestra un pato o un conejo. Lo que sería las patas del pato, o –según se mire- la colita del conejo, a mí me parecen unos cojonazos de toro.
Hoy ha sido un día muy raro. En Los Simpsons, Homer busca a un tipo que arregle su tejado y todos creen que tiene un amigo imaginario. En Perdidos, el gordito se reencuentra con un amigo imaginario al que no veía desde que estuvo internado en un psiquiátrico... y encima la alucinación le dice que todo está en su imaginación; que nunca salió del psiquiátrico. Para rematar podría haber visto El Club de la Lucha. Habría sido perfecto.

- ¿Cómo te llamas?
- Tyler Durden
Cree que me gusta dibujar. ¡Y cree bien! Me propone que dibuje algo. ¿Qué coño hago ahora? En función de lo que dibuje mientras él cose a preguntas a los demás, podrá hallar detalles de mi personalidad. Detalles que no quiero que conozca. Si dibujo a un tipo con una gran polla, me dirá que tengo cierta obsesión con el sexo y el poder; si dibujo a un tipo cogiendo algún tipo de objeto, dirá que me gusta robar; las gafas de sol indican que se es un mentiroso (me pregunto qué dibujará el resto) una familia feliz indica que añoro a los míos... y si dibujo niños, que mi mayor anhelo es formar una familia. Me pregunto qué pasará si dibujo el logotipo de ese sindicato tan cañero...
Fulano ha cambiado de familia tres veces y se tira a su ex-mujer, mengana se obsesiona con sus gemelos. Otra vive para sus plantas y hay uno que parece a punto de explotar. Sean del lado del Atlántico que sean, parece que todos echen de menos la ropa de camuflaje y las armas de asalto. Pero el señor psicólogo, frío y calculador, los evalúa uno a uno, dueño de sus futuros.
- ¿Se puede saber a quién miras?
- ...

Ahí me quedo. Congelado. Con todos mirándome en silencio. Todos, incluyendo al come-cocos corporativo que ha decidido centrarse en mí. En realidad nunca dejó de mirarme.
- Escucho lo que tienen que decir mis compañeros... quizá aprenda algo...
- ¿Qué compañeros? –por primera vez en mi vida veo a un psicólogo con cara de asombro.- ¿No ves que estamos solos?

Ahora la cara de pasmo es la mía. Miro a mi alrededor y el resto de la sala está llena de gente. Hombres y mujeres, gordos y flacos, perillas, bigotes, y barbas. Todos me miran con atención, como si hubieran descubierto algo en mí. Estallo de furia (mal síntoma la pérdida de control en público)
- ¿Me estás diciendo que todos esos tarados son imaginarios?
- Chico- me interrumpe uno de ellos- nosotros preferimos ser llamados ‘creaciones de tu subconsciente’. Incluso el término ‘alucinación’ nos parece despectivo. Es como la palabra ‘segurata’.
Es ahora cuando todo se viene abajo. Ya lo decía mi madre: Estar doce horas despierto, por la noche, sin hacer nada, pasa factura. Una factura kilométrica. Contar las 2.856 baldosas de un edificio de oficinas no podía ser buena señal. Estar expuesto a la Rotenmeyer once meses tenía a la fuerza que ser menos sano que darse un baño en Chernobyl. De tanto trabajar con pirados algo se me tenía que pegar.

Psicosis, paranoia, alucinaciones. Sólo es el principio. Por lo menos podría haberme imaginado un plácido prado verde y haberme tumbado a tomar el sol. Sonreiría, contaría ovejitas. Me relajaría un poco. Tanta exposición a situaciones estresantes. Tanto comerme el coco. Casi existe un consenso sobre que las empresas de seguridad contratan alegremente a gente que no está muy bien del coco, pero pocos te dicen que si trabajas demasiado en seguridad acabarás mal de la cabeza.
Miro al pasmado psicólogo de la empresa. Un tío que parece desear escapar de la habitación. Del edificio. Parece incluso ansioso de escapar del traje que lleva puesto.
“Psicólogo de empresa en paradero desconocido –diría el titular- la última vez que se le vio corría por la carretera desnudo y gritando”. Veo en su cara una mezcla de miedo y atención (ventajas de haber hecho un curso de ‘Inteligencia Emocional’)

Estoy de acuerdo. Necesito unas vacaciones.
Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/