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Me Cago En Mi Vida

SUPER PAELLA ME

 

Nunca hasta la pasada Nochevieja me había planteado lo confusas que son las recetas de cocina. Sobretodo en lo relativo a las proporciones. Sin embargo, me dispuse obcecado a dar de cenar decentemente a mi parienta y a mi suegra, ataviado de delantal y estúpido gorrito, y con toda la intención de expresar mi talento y genialidad frente a la vitro. Fueron horas y horas de corta-trocea-cuece, sofrito incluido, aprovechando parte de los manjares contenidos en la cesta de Navidad (obra y gracia del señor cliente... que si es por mi empresa me como los doce panchitos en lugar de las doce uvas) para preparar la madre de todas las paellas. Los vinos estaban bien seleccionados. El postre a punto (será por turrón...) e incluso los aperitivos salados me habían salido bien.



Es ahí donde quería llegar. Todos conocemos historias de personas que –dicen- ganaron una demanda a McDonald´s porque se quemaron con el café o el té, dado que en el vaso no había ninguna advertencia acerca de la temperatura de la bebida. Incluso una vez oí la historia de un tipo que trató de secar a un loro en el microondas y luego le ganó la demanda al fabricante por no advertir que un horno no es el lugar más adecuado para secar a un pájaro de compañía (... pobre loro). A todos nos ha pasado que, al ir a preparar un combinado de cualquier clase, echamos las dos cucharadas que indican las instrucciones... pero ante la duda de si deben ser cucharadas de café o soperas, mejor que sobre a que falte.

Esto último me ocurrió hace años preparando una infusión de valeriana.

Aun sigo bostezando.


Iniciado el debate sobre las proporciones, dígame usted lector: Cuando en el paquete de arroz indica dos vasos y medio de arroz por uno de agua... ¿Por qué narices no especifican el contenido del vaso?


ALIMENTE A TODO UN REGIMIENTO DEL VIETCONG

CON LA CENA DE NOCHEVIEJA QUE PREPARÓ GOLFO

Sí. Aquella infusión de valeriana le costó a la malvada bruja años de investigación y desarrollo en cuestión de manzanas somníferas, en lugar de invitar a Blancanieves a una sencilla infusión.

Aquel Colacao que preparé con ocho años se levantó, me miró y me dio una colleja.


Va para tres días que pasó la nochevieja y todavía sigo teniendo paella en la nevera.


Y a mi me encanta el arroz. Y si es paella mejor. Cuando estaba en la facultad, organizaba la semana para comer en las cafeterías de distintas facultades de la Ciudad Universitaria, de manera que pudiese comer paella a diario. Era maravilloso: Cada día de la semana una cafetería de facultad incluía este almuerzo de los dioses, y ahí estaba yo con la servilleta al cuello. Golpeando a mesa con los mangos de los cubiertos.



El caso dio otro giro de tuerca cuando Baby llegó a casa cargando una bolsa. Venía contenta ella hasta que entró en la cocina. Resulta que había pasado por El horno de la abuela, una tienda de comidas caseras para llevar que hay en el barrio, y por comprar una ración de paella le habían regalado otra.


Solemne, dejó la bolsa sobre la encimera de la cocina, me miró muy seria, tras echar un vistazo a la enorme cazuela llena de arroz amarillo con cosas y me preguntó:


Bubú (van a pasar siete años que llevamos juntos y aun no sé por qué demonios me llama así)

¿Has vuelto a convocar una manifestación para apoyar el Plan Hidrológico o qué?”


Gracias a Dios, su señora madre no trajo paella cuando llegó a casa...


A la mañana siguiente, la primera del año, se impuso un desayuno fuerte. Es algo que admiro en los gringos: Su capacidad de zamparse unos huevos con salchichas, tostadas, café y zumos. Por eso dominan el mundo.

Deseé a Baby que disfrutara de su desayuno de destrucción masiva. Sobretodo de la variedad de sabores y colores, porque queda claro qué es lo que vamos a almorzar y cenar durante las próximas semanas. Como para hacer un documental y llamarlo Super paella me”.


¡Trágate esa Morgan Spurlock!

 

1 comentario

Jordan Flight 45 -

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