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UN VIAJE INOLVIDABLE

UN VIAJE INOLVIDABLE

No parece fácil empezar una nueva sección sobre viajes para relatar mis accidentadas (aunque divertidísimas) vacaciones, cuando el viaje sólo ha durado cuatro días. Eso sí, cuatro días inolvidables.

 Día 1: Vamos pa´Bélgica 

 

¿Por dónde empezar? Digamos que el viaje era un detalle para con Baby, que llevaba meses esperando el concierto de Nick Cave en Amberes (tres de ellos con las entradas) e incluso se ofreció a pagar la mía. Más que nada, o la acompañaba o se piraba ella sola, por lo que mi sentido de continuidad con la pareja porque ésta está muy bien y buscar a  otra cansa me empujó a pedir quince días de vacaciones, hacer las maletas y partir para plantar la pica en Flandes (literalmente). Lo de la pica tendrá su gracia a lo largo de esos días, porque no planté precisamente una pica... y de hecho la planté sobre Francia.

 

Como el vuelo salía sobre las 12:30, y lo de la famosa T-4 no acaba de inspirar confianza, la señorita decidió que había que estar en la terminal con cierta antelación... con mucha antelación. Saliendo de casa sobre las 7:00, tras cosa de una hora de metro, llegados a la T-2, y pillada la guagua (eso sí gratis) entre terminales, pisamos la gloriosa y ciclópea nueva terminal a eso de las nueve. Y digo yo: Si está tan lejos y es tan grande ¿Por qué coño la llaman terminal y no aeropuerto. ¿Porque no se les ocurre un nombre? ¡Propongo “Aeropuerto Golfo”! O mejor, ¡”Nuevo Guayaquil”!

 T-4, La puerta del Infierno 

 

Un par de cigarritos y cafés después, testado ya por Baby el cuarto de baño, nos dirigimos a la zona de facturación. Al parecer volábamos con una compañía muy rara: Virgin Express... me sonaba (y sigue sonando) a compañía discográfica, o de videojuegos de antaño. Sobre las 9:30 ya había una considerable cola para facturar, encabezada por el omnipresente grupo de seniors que trata de demostrar al mundo que la edad no es una barrera para viajar. ¿Cuándo aparecieron las dos chicas que se encargaban de facturar el equipaje? Pues sobre las diez, cuando ya estaba a punto de robar un micrófono, conectarlo a lo MacGyver al sistema de megafonía y gritar eso de “¡Eeeeeh! ¡Hora de trabajaaaar!”

 

¿Y cómo eran las empleadas encargadas de la facturación? Pues lo supe nada más verlas... nada más verlas colocar la foto de la familia, el cactus, el cafecito que (interrumpiendo su labor de acondicionamiento) fueron a buscar, y un trasto con folletos que venían a decir que, pagando un plus, podrías estirar las piernas con el lema “¡Piense en sus pies!”. Al menos aun no nos hacen viajar de pie y atados a las paredes. 

 

La única manera de describirlas, sin entrar en detalles psicológicos, es la siguiente: Una parecía encantada de conocerse a sí misma (supongo que es cosa de la Inteligencia Emocional) era clavadita a la actriz de Amelie, y me fui derechito a ella porque, aunque la película me parece infumable, la otra parecía Jabba the Hutt, y mantenía cierto semblante de Odio a todos los hombres. Mientras le mostraba el DNI a Amelie, podía oír a la otra eructarle a los seniors: “Wula-wala-wangga-equipaje de mano! Na-Hutta-Wookie-DNI o Pasaporte!”

 

Respecto a la zona de embarque, mi aventura comenzó rodeado de vigilantes y auxiliares de la omnipresente Securitas (y digo yo que no estará tan mal). Al pasar el arco de seguridad (lo que los profanos siempre han llamado detector de metales) se me resbaló el DNI de la mano... ya la teníamos montada. Una estresada vigilante (con el típico semblante profesional de malísima leche por estar en un lugar lleno de gente) se acercó a ver por qué un capullo con chupa de cuero estaba agachado justo en el camino de las masas deseosas de embarcar. Cuando le expliqué que se me acababa de caer la documentación echó un vistazo rápido a la cinta del scanner y me dijo que allí no estaba, y que si lo había perdido tenía que denunciarlo. Resultó que el hijoputa del DNI se había deslizado justo debajo del puto scanner, así que con un movimiento felino (me encanta llamarlo así) lo pillé y punto.

 

Superada la crisis (y menuda gilipollez de crisis) nos dirigimos a la puerta de embarque con las claras ideas de no saber dónde coño estaba, y que nadie podría ayudarnos. “Embarcarán ustedes en una de estas tres puertas (que curiosamente están en tres extremos opuestos de esta terminal multidimensional) Estén atentos a los paneles de información porque la megafonía no hace llamadas para el embarque”. Tanto Amelie, como las tarjetas de embarque parecían querer decir a continuación   “¡A joderse pringaos!” Y resultaba cierto: Lo único que decía la megafonía era “No hacemos avisos para embarcar” y “Hagan el favor de fumar en las zonas habilitadas para fumadores”.

 

Para fumar, hay habilitados una especie de cubículos con paredes semi-opacas, con aperturas para el acceso y, por alguna razón, sin techo. Para colmo había una especie de extractor que no funcionaba (probablemente debido a un incidente de obstrucción... un turista se encendió un caro cigarrito europeo justo debajo y le arrancaría la cabeza... o eso o no habían comprado pilas para el trasto). Lo habría llamado “El Pequeño Londres” si no fuese porque su niebla tabacalera invadía el resto del aeropuerto, hasta que un centroeuropeo, con sus cojonazos como puños, se acercó al centro del cubículo humeante, arrastró ruidosamente el cenicero hacia uno de los asientos para no fumadores y se encendió un purazo de los que hacen más plácida la espera.  Sobra decir que nadie le dijo nada, que ningún empleado apareció para meterle una bronca, y que ningún próspero y moderno europeo se le acercó con las sirenas de su conciencia social encendidas. Bueno, yo también fumo... y en su lugar habría hecho lo mismo. Que me pregunten luego por qué, en zonas turísticas me gusta hacerme pasar por guiri. 

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